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Y LLEGÓ LA ADOLESCENCIA… ¡OMG! Una aproximación a una etapa del desarrollo clave

La ADOLESCENCIA es el periodo del desarrollo de cualquier ser humano, que transcurre entre la infancia y la edad adulta, y en el que se suceden cambios intensos y rápidos, que repercuten en el propio adolescente y lo que le rodea.

 

Dichos cambios a los que el adolescente no tendrá más remedio que adaptarse, van a ser tanto internos, físicos o biológicos, como externos, que serán aquellos que se le van a exigir desde fuera, tanto la sociedad como la familia, conforme va aproximándose a la mayoría de edad y a todo lo que ello conlleva. Además, paradójicamente, durante estos años se alcanza la madurez biológica y sexual, pero sin estar todavía maduros cognitiva ni emocionalmente. Se trata por tanto de una fase difícil, que no es de extrañar que aparezca en escritos de diversa procedencia definida como un proceso de “turbulencia emocional”, y a la que vamos a intentar aproximarnos a través de este post, aunque harían falta varios para entenderla bien, y aun así se nos escaparían variables propias de cada adolescente particular, y de un proceso extraordinariamente complejo desde el punto de vista de la salud mental.

 

La entrada a la etapa ADOLESCENTE la marca la fase conocida como pubertad, que está dirigida por la aparición de los caracteres sexuales secundarios, al comenzar las hormonas a hacer de las suyas, en un cuerpo hasta entonces infantil. La pubertad aterriza entre los 11 y 15 años, con grandes variaciones individuales en la fecha de aparición, aunque llegando, como se ha demostrado en diversos estudios, antes en las niñas que en los niños. Con la pubertad llega el estirón, el desarrollo muscular, y la aparición de los caracteres sexuales secundarios, es decir, se desarrollan los genitales, aparece el vello, crecen los pechos, se modifica la morfología corporal, cambia la voz, etc. Todo esto sobreviene a un ritmo rápido, al cual el adolescente deberá adaptarse, y que lo somete a una preocupación en torno a su cuerpo, ya que, deberá integrar dentro de si mismo estas rápidas transformaciones, que lo van alejando de ese cuerpo de niñ@ del que tendrá que irse despidiendo, y que lo confrontarán con la sexualidad, a la vez que va despertándose el deseo sexual. El cuerpo del adolescente puede convertirse entonces en fuente de vanidad o de sentimientos de imperfección o de insuficiencia, algo sobre lo que influirá en gran parte las reacciones tanto de su entorno, como de sus padres o figuras de referencia, que pueden desempeñar un papel importante en la percepción del mismo.

 

La ADOLESCENCIA es una etapa clave en la historia de cualquier persona, puesto que empezará a terminar de configurarse la que será la personalidad adulta.  Durante esta época van surgiendo los rasgos de personalidad que tienen tendencia a fijarse en la mayoría de edad. Podríamos decir que la adolescencia dura hasta la finalización del crecimiento biológico y del desarrollo psicológico y social del individuo, aunque este desarrollo seguirá evolucionando, más o menos, durante todas las etapas del ciclo vital. La adolescencia es además un fenómeno social, que en la actualidad, puede alargarse a causa del tiempo necesario para que un sujeto adquiera un status social, profesional y familiar que le confiera una real autonomía. Durante este periodo se alcanzará la maduración intelectual, llegando al pensamiento abstracto o pensamiento formal, denominado así en los estudios de Jean Piaget sobre el desarrollo cognitivo. Por lo tanto será capaz de razonar de otra manera y su lógica se desprenderá de la realidad concreta, siendo capaz de prever o anticiparse con su pensamiento a las consecuencias futuras de sus actos imaginados, lo cual le abrirá nuevos horizontes. El adolescente ya no sólo maneja las cosas, sino que también maneja las ideas, ampliándose sus intereses y reclamando que el mundo se adapte a ellas y no al revés. Le acompaña a la defensa de las mismas, la fuerza y el impulso vital de esta etapa, lo que abre la discusiones sobre distintos temas en las familias.

 

Demuestra lo crucial de esta etapa, tanto en el desarrollo de la personalidad como en la configuración del psiquismo, la aparición frecuente de trastornos mentales en esta edad. Sin embargo es muy difícil señalar el límite entre lo normal y lo patológico en la adolescencia, habiendo autores como Anna Freud que consideran a toda la conmoción en este periodo de la vida como normal, señalando además, que sería anormal la presencia de un equilibrio estable durante el proceso adolescente.  El adolescente atraviesa por desequilibrios e inestabilidad, lo que para muchos autores configura una entidad semi-patológica que la psicoanalista argentina Arminda Aberastury ha denominado como “síndrome normal de la adolescencia”. Según la autora dicho síndrome es perturbador para el mundo adulto, pero necesario para el adolescente, que en este proceso, va a establecer su identidad, la que le dé el sentido de si mismo. La adolescencia podría entonces entenderse, según autores como el psicoanalista Erik Erikson, como una “experiencia clínica” cuya clave es la búsqueda de la identidad. Dicho autor dice que en esta etapa se da una crisis de identidad que es su componente normativo.

 

La adolescencia por lo tanto, es un periodo de conflictos, contradicciones y de profunda confusión. El adolescente está inundado por preocupaciones como ¿Quién soy?, ¿Qué soy?, ¿Qué lugar ocupo en el mundo?, ¿Cuál es el propósito de mi vida?, etc. La definición de la identidad, al principio, es vaga, de forma que en situaciones de estrés, pueden aparecer crisis existenciales que se acompañan de baja autoestima, sentimientos extremos de inadecuación, desesperanza y vulnerabilidad. Los que se encuentran en esta etapa persiguen conductas y estilos alternativos, experimentan con diferentes roles, exploran identidades que pueden ser contradictorias de forma saludable hasta formar una identidad sólida según las distintas experiencias, y así poder emerger con un nuevo sentido del yo que sea aceptable  socialmente. El núcleo de la identidad estará constituido por la integridad y unificación de las diferentes descripciones de uno mismo, y su estabilidad en el transcurso temporal y en las distintas situaciones. De no lograr esta ansiada identidad, se podrá caer en la difusión de identidad en la cual se carezca de un sentido de la identidad cohesivo o confiado. Los adolescentes que no resuelven eficazmente esta crisis de identidad experimentan lo que Erikson denominó confusión, que para el autor puede seguir dos caminos: el individuo se retira aislándose de la sociedad o se sumerge en el mundo de los iguales perdiendo su identidad.

 

Para conseguir la entrada en la edad adulta, el adolescente, según A. Aberastury debe atravesar por tres duelos, entendiendo como duelo el fenómeno psicológico consistente en la adaptación emocional a cualquier pérdida. Estos tres duelos serán: el duelo por el cuerpo infantil perdido, el duelo por el rol y la identidad infantiles y el duelo por los padres de la infancia. El adolescente no sólo debe enfrentar el mundo de los adultos para el cual no está aun del todo preparado, sino que además debe desprenderse de su mundo infantil en el cual vivía cómoda y placenteramente en relación de dependencia, con las necesidades básicas satisfechas y unos roles claramente establecidos. El adolescente tiene que dejar de ser a través de los padres para llegar a ser él mismo, abandonar la seguridad infantil para enfrentarse a la inseguridad adulta e independiente, tarea complicada, que como cualquier duelo, podrá resolverse de distintas maneras. En ocasiones consiguen cierta estabilidad en esa inseguridad, con la creencia omnipotente de que esas necesidades adultas pueden ser fácilmente cubiertas, o rechazando los valores que las cuestionan, e incluso odiando ese mundo infantil que en parte añoran. Existe una gran ambivalencia, no sólo hay que aceptar “soy mayor”, sino lo que implica: “voy a tener que solucionarme los problemas y mis padres no siempre estarán ahí para ayudarme”. En este periodo también se debería lograr la cristalización del proceso de individuación, convirtiéndose el adolescente al final de dicha etapa en una unidad indivisible, un todo diferente a los demás, que debe aprender a manejarse socialmente de una manera adecuada y eficiente.

 

A medida que el adolescente va recorriendo el camino que le va alejando de sus padres y privilegios infantiles, cobran gran importancia sus amigos y compañeros, inmersos en el mismo proceso, y que hacen la ardua tarea de la adquisición de la madurez un poco más fácil. Encuentran en el grupo de iguales un “nutriente” emocional, un ambiente de comprensión y de empatía, que les permite compartir dificultades y conflictos, un laboratorio con personas a las que les están sucediendo cosas parecidas. El grupo asegura la autoestima porque encuentran valoración, confianza, seguridad, un medio donde expresar sus sentimientos y preocupaciones, donde probar a ser ellos mismos, construyendo además un nuevo ideal, muchas veces compartido. En contraposición a la fragilidad interna y al caos que en ocasiones sienten,  encuentran en lo externo una parcial estabilidad (grupos, hábitos, modas, etc.).

 

En caso de poder hablar de normalidad en la adolescencia, podríamos decir que vendría definida por el grado de adaptación psicológica que se logra mientras se salvan los obstáculos y se alcanzan los hitos característicos de este periodo de crecimiento, algunos de los cuales hemos ido citando. Como hemos estado viendo, en esta fase, el adolescente tiene que lidiar con transformaciones físicas, intelectuales, afectivas y relacionales. Alrededor del 75% de los adolescentes se adaptará con éxito a todos estos cambios, atravesándolos con cierto optimismo, desarrollando una autoestima más o menos sana, y manteniendo buenas relaciones con sus compañeros y armoniosas con su familia. Sin embargo en aproximadamente el 20% de la población adolescente, se observa inadaptación psicológica, pudiendo aparecer psicopatología como trastornos de conducta, abuso de sustancias, trastornos afectivos y otros problemas que pueden causar deterioro en el normal desarrollo de la personalidad adulta. De estos adolescentes un 5-6% presentarían trastornos mentales graves.

 

La inmadurez de los mecanismos neuronales de procesamiento y control emocional, de los mecanismos neuronales de inhibición, y de los mecanismos neuronales del funcionamiento ejecutivo, aumentan la vulnerabilidad del adolescente. Sienten las emociones con mayor intensidad, las regulan peor, y por tanto tienen una mayor reactividad a ellas, incluido el estrés, lo que los hace más frágiles. Además consecuentemente hay una propensión a la impulsividad, las necesidades de gratificación son altas y la tolerancia a la frustración más baja. Si no vienen las gratificaciones de forma inmediata pueden aparecer sentimientos de frustración intensos y baja estima. El adolescente vive con caos su mundo interior experimentando estados psíquicos intensos y a veces confusos. Hay un marcado aumento de la labilidad emocional, humor depresivo y las emociones negativas.  Más de un tercio presenta altos niveles de humor depresivo, pero sólo una minoría presentan un trastorno afectivo completo. Tienen una mayor variabilidad del humor que los adultos, pero permanecen menos tiempo en los extremos del humor, sin presentar desajustes o patologías. También refieren un aumento sustancial del número de acontecimientos vitales negativos, aunque durante el curso de la adolescencia cambia la naturaleza y el origen del estrés percibido. Los acontecimientos vitales adversos tienen un impacto serio, sin embargo muchas de las fluctuaciones del humor son un reflejo de problemas cotidianos menos dramáticos. Todo ello favorece la aparición de auténticas tormentas que puedan sobrellevar en descompensaciones psicopatológicas. Aunque hasta un 60% de los adolescentes padecen un malestar clínico o un síntoma psiquiátrico, su funcionamiento académico y con sus compañeros es muy bueno, y se describen a sí mismos como satisfechos en general con sus vidas.

 

Merece por lo tanto la pena detenerse en aprender, entender y profundizar en esta etapa del desarrollo tan frágil, donde el límite entre lo normal y lo patológico es tan estrecho, donde se deben superar grandes retos a nivel psicológico, y que puede despertar en todos nosotros emociones también intensas, por las propias características de la época, y al conectarnos con nuestros propios conflictos, inseguridades, etc. de aquella época. Por ello mismo también ante la sospecha de sufrimiento o malestar conviene solicitar ayuda profesional, que facilite el camino al adolescente, y a la familia en la que convive, que tampoco lo tendrá nada fácil.

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