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Padres Suficientemente Buenos: de la culpa a la responsabilidad.

La maternidad y la paternidad suelen traer consigo un fuerte deseo de actuar y ser lo mejor posible con l@s hij@s, de ofrecerles y darles lo que nosotros tuvimos o lo que no tuvimos y nos hubiera gustado recibir. Este deseo tan sincero y generoso puede convertirse en un peso cuando pasamos a sentirnos culpables por no poder ofrecer lo que nos habíamos propuesto.  Hay muchas situaciones que pueden auto-decepcionar a los padres: que el embarazo llegue en un momento en el que ése no era su deseo, sentirse mal por el herman@ que pierde protagonismo porque venga otr@, tener que llevarle a la guardería antes de lo deseado por la necesidad de trabajar, no poder ofrecerle el espacio o el colegio que nos gustaría, no tener tanto tiempo para dedicarles  por tener un trabajo que implica muchas horas, que la relación de pareja falle y tener que separarse cuando el niñ@ todavía es pequeño, etc…

 

Algunas personas pensarán que es imposible no sentirse culpable cuando cosas así suceden y al mismo tiempo, habrá personas que, ante estos hechos, reaccionen con un: “bueno, esto es lo que hay. Siento que sea así, pero no puedo cambiarlo, vamos a ver qué se puede hacer con lo que hay”.

 

Hay momentos en los que no es tan fácil como decir “no pasa nada” porque, según la historia personal de cada uno, alguien puede sentir una gran sensación de fracaso por “fallar” en algo que era muy importante en su idea de maternidad/paternidad, sentir que no ha estado a la altura o tener un gran miedo de estar haciendo daño al niñ@. Sin embargo, no es tanto el hecho lo que daña al niñ@, sino el cómo lo viva. Y este cómo lo viva en gran medida viene marcado por cómo lo viven sus figuras de apego.

 

Lo que suele ocurrir con la culpa es que damos por hecho que nuestro malestar también lo tiene el niñ@. Por ejemplo, ocurre a veces que una madre se siente mal por irse a trabajar y da por hecho que el niñ@ también se siente muy mal y está muy dolido con ella por irse. Y la madre mantiene ese malestar todo el rato que está fuera. Sin embargo, aunque un niñ@ pequeño es probable que de entrada no quiera separarse de su figura de referencia, también es probable que después de expresar su protesta al principio, luego se adapte tranquilamente a la nueva situación, a las personas con las que está y se distraiga con otras cosas, dejando de sentirse mal y disfrutando en el nuevo espacio. Por ello, si el adulto no reconoce esto y sigue sintiéndose muy mal y convierte cada separación en un momento terrible, el niño irá incorporando esa visión y le costará cada vez más la separación. Es decir, cuanto más le cueste separarse a la madre/padre del niño, más difícil se le hará la separación también al hijo. Y así es como la madre/padre traslada su propia emoción y la coloca sobre el hijo. En vez de ayudar al niño a manejar su propia emoción, le trasladamos la tarea de manejar la nuestra propia.

 

Otra forma en que influye la culpa en la relación con los hijos, es que desde ese sentimiento solemos intentar compensar al niño. Siguiendo con este ejemplo, si soy un padre/madre que por trabajo necesita pasar mucho tiempo fuera y me siento un mal padre por ello, puede que cuando esté en casa, trate de complacer constantemente al niño, dejándole hacer todo lo que quiera o aceptando comprarle todo lo que me pida. Es como si algo dentro de nosotros dijera: “no quiero que el niño me odie. Ya que no puedo cambiar lo de mi trabajo, voy al menos a darle este capricho que no me cuesta nada”. Y así, desde la culpa, perdemos el lugar de límite y contención que el hij@ necesita de sus padres.

 

Con la maternidad/paternidad aparecen muchas expectativas de cómo queremos ser, cómo queremos que sea nuestra relación con el hij@, nuestra vida cotidiana…es bueno poder ir revisando cómo elaboramos y cuánto aceptamos cuando estas expectativas no se cumplen. Reconocer estas expectativas que teníamos, cómo se están o no cumpliendo y qué sentimientos nos provocan, es la manera de poner conciencia y elaborar lo que vamos viviendo y así prevenir caer en el automatismo de la culpa. Aceptar las circunstancias que tenemos, los errores que cometemos en el día a día y las emociones que todo esto nos produce, y utilizar estos sentimientos para tratar de actuar de manera diferente la próxima vez (sin la exigencia de que nunca más me vuelva a pasar) o para comprender mejor cómo esto influye en nuestros hij@s, es un camino alternativo que nos ayuda a cambiar la culpa por la responsabilidad. Es decir, no tratar de ser perfectos, sino aceptar que nos equivocaremos pero que podemos ser “suficientemente buenos”, nos focalizará no en los errores ya hechos, sino en lo que podemos hacer de aquí en adelante.

 

Desde esta responsabilidad (que significa “ser capaz de responder”), me puedo hacer cargo de mis propias emociones sin depositarlas en el otro y centrarme en lo que puedo o no puedo hacer con lo que hay. Con la culpa nos machacamos por dentro y nos sentimos impotentes y sin capacidad de acción. En cambio, desde la responsabilidad, nos centramos en nuestra capacidad de decidir y de actuar y nos permite desarrollar más recursos de afrontamiento y crecimiento. Desde la responsabilidad puedo, por ejemplo, aceptar la separación de la pareja y poner la energía en cómo ayudar al hij@ a que se adapte y valore la posibilidad de tener dos familias, en vez de la tristeza de no tener una sola. En definitiva, la responsabilidad nos ayuda a mantener nuestro papel de cuidado y límite con nuestr@s hij@s, en vez de sentirnos indefensos y vendidos frente a ell@s.  

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