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La depresión infantil

unpaseoporlamente.com

La depresión es más frecuente en la población infantil de lo que se cree. Aunque ahora se la tenga más en cuenta, hasta hace no mucho tiempo, la psiquiatría no la contemplaba como entidad. Han ayudado a que la depresión pasase (en el pasado) y pueda pasar (en la actualidad) desapercibida, las diferencias existentes en la sintomatología con la depresión del adulto, y la reticencia de muchos adultos a reconocer el sufrimiento depresivo en el niño. Esta dificultad puede proceder del enorme malestar, impotencia, y culpabilidad que genera aceptar dicho sufrimiento, o simplemente de la creencia de que la infancia es una época “feliz”, “sencilla”, “sin responsabilidades”, en la que las emociones desagradables no tienen tanta cabida.

En gran parte, el hecho de que la depresión comenzase a ser tenida en cuenta en la población infanto-juvenil, se lo podemos agradecer a las observaciones del médico psicoanalista austro-estadounidense, René Spitz. Este autor describió en 1946, un cuadro en infantes que denominó Depresión anaclítica. Se trataba de un síndrome depresivo que aparecía alrededor del primer año de vida debido a la separación del infante de su madre durante unos meses, tras haber tenido una relación normal con ella durante un tiempo. La separación no excedía los 4-5meses, ya que sino aparecía otro síndrome que describió y denominó Hospitalismo, aún más grave, y con menos posibilidad de reversibilidad.

Estos cuadros se observaban en niños que eran hospitalizados o institucionalizados durante periodos largos de tiempo, en una época en la que la asistencia a esta población era más impersonal, al no dársele tanta importancia al vínculo entre el infante y su cuidador. En estos niños, como resultado de una privación afectiva parcial,  se observaba un cuadro clínico consistente en síntomas como la pérdida de la expresión mímica, especialmente la sonrisa, o una expresión facial de angustia, tristeza, llanto, apatía, disminución del balbuceo, reducción de la actividad física o retardo psicomotor, retraimiento, indiferencia y pérdida de peso. Se observó que estos niños tenían mayor riesgo de sufrir enfermedades médicas, de tener un menor desarrollo intelectual, y de desarrollar una imposibilidad para mantener contactos afectivos permanentes. En casos de Hospitalismo, en los que la separación era más prolongada, se llegó incluso a observar que aumentaba la mortalidad de estos niños. Otra cosa que le debemos agradecer a R. Spitz es que estas descripciones fueron decisivas para que cambiase radicalmente la atención hospitalaria y de distintas instituciones, a niños pequeños, dándole mucha mayor importancia a la vinculación con las figuras de apego.

Los trastornos depresivos, a cualquier edad, se asocian a un mayor riesgo de ideación y comportamiento suicidas, abuso de sustancias, enfermedades médicas y otros trastornos psiquiátricos. La edad media de aparición del primer episodio depresivo suele situarse en la adolescencia o principios de la edad adulta, aunque en ocasiones aparece en la edad escolar. La depresión en la adolescencia siempre ha estado más considerada, a diferencia de la infantil, al tratarse dicho periodo, por todos lo cambios que implica, como un momento propicio para la aparición de síntomas depresivos. No podemos olvidar que para que un estado sea denominado “depresión” necesita cierta duración y cierta importancia, como podemos ver en las clasificaciones diagnósticas en las que aparece. No todo es depresión, habría que descartar por ejemplo las reacciones de pena y de tristeza motivadas por decepciones, separaciones, frustraciones, etc. que no llegan a constituirse en cuadros clínicos susceptibles de recibir este diagnóstico.

En el caso de los niños y adolescentes, la depresión, se manifiesta, al igual que en los adultos, como un conjunto de síntomas persistentes que suponen un cambio significativo respecto al estado habitual del paciente, pudiendo interferir negativamente en el rendimiento académico, y en las relaciones familiares y sociales. Muchos tienden a la recurrencia y a la cronicidad, por lo que un diagnóstico y tratamiento precoces son esenciales para reducir el impacto negativo de los síntomas tanto en el momento en el que se presenta la depresión, como en el futuro, que en estos casos está en construcción. Sin embargo las cifras que existen apuntan a que sólo se diagnostica y se trata a una minoría de niños con depresión.

Y es que una vez que se empezó a tener en cuenta la posibilidad de que los niños también se pudieran deprimir se encontraron algunas diferencias en la sintomatología en comparación con la de los adultos. Esto es debido a las diferencias que presentan en cuanto el estadio del desarrollo físico, emocional, cognitivo y social en el que se encuentran, que aun no se ha completado. Así se observó que en los niños era más habitual que apareciese, en lugar de la característica tristeza del adulto, un humor más tendente a la irritabilidad, con tormentas afectivas, o incluso labilidad emocional. También eran más frecuentes las alteraciones de conducta (hiperactividad, rabietas, agresividad, delincuencia, conductas impulsivas, etc.), quejas somáticas (cefaleas, molestias gastrointestinales inespecíficas, etc.), enuresis, dificultades escolares (fracaso escolar, fobia social, etc.) o el aislamiento social. Dado que tienden a estar ocultos los síntomas más habituales de los adultos (tristeza, abatimiento, infravaloración, culpabilidad, etc.) la depresión en niños llegó a ser considerada como un tipo de depresión enmascarada, en la que predominaban síntomas somáticos, intelectuales o comportamentales. Esto no quita que podamos encontrar cuadros clínicos francos, en los que la tristeza está más presente, encontrando niños que se sienten claramente desgraciados o tristes, o que se encuentren inhibidos, incapaces de hallar interés en lo que ocurre a su alrededor, o que expresen sentimientos de desvaloración y remordimiento.

Por lo tanto la expresión clínica del sufrimiento depresivo es polimorfa en el niño, es decir, variable; lo que nos obliga a los profesionales a estar muy pendientes de su posible papel en distintas manifestaciones que puede presentar esta población.

Nos deben poner en alerta, una apariencia de tristeza, una actitud de retraimiento o desinterés, un aspecto de descontento con débil capacidad para encontrar placer con otros, en distintos lugares o con algunas actividades, especialmente el juego. Y es que como se encargó de enfatizar Donald Woods Winnicott (pediatra, psiquiatra y psicoanalista inglés) el niño deprimido no juega. También hay que estar pendientes  de un sentimiento de ser rechazado o no amado, de una tendencia a apartarse rápidamente de los compañeros que lo han decepcionado, de una incapacidad para recibir ayuda o consuelo, sin manifestar pronto, como hacen otros niños, una actitud despechada o inestable, incluso existiendo una demanda explícita y aparente aceptación. Otras señales serían una tendencia a la regresión (volviendo a actitudes o comportamientos de edades anteriores), predominio de actividades auto eróticas, o distintos trastornos somáticos, especialmente los que afectan a la alimentación y al sueño (tanto hipersomnia como insomnio).

En caso de que detectemos alguno de estos síntomas o signos deberíamos facilitar la expresión emocional de dichos niños, y consultar con un profesional de salud mental para que nos ayude. Afortunadamente existen herramientas psicoterapéuticas, o farmacológicas en caso de que fuese necesario, para combatir este estado en personas que tienen todo su futuro por delante.

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