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La crisis en la pareja

Vamos a tomar a la pareja como un nuevo ser que se forma, un  ser que no sólo es la suma lineal de dos individualidades que se juntan, sino algo superior a ellos y que tiene sus características propias más allá de las de los individuos. Por tanto, es un organismo en sí mismo: es un ser que nace, crece y se va desarrollando a lo largo del tiempo. Nace cuando dos personas se comprometen a estar juntas y se aceptan como compañeros de viaje y crece a lo largo de toda su historia: cómo se conocieron, cómo se fue creando la relación, qué esperaban, qué le atrajo a cada uno del otro, …

Sabemos que todo organismo lleva dentro un impulso innato que le hace desarrollarse y crecer.  Es como si fuera un bebé que nace y empieza a atravesar distintas fases: establecer un vínculo con sus padres, reclamar cuando tiene hambre o malestar, empezará a desplazarse, a hablar,…No parará ya de crecer y tener cada vez que enfrentar nuevas experiencias y nuevos desafíos.

La vida nos reta hasta el final. Así que la pareja nace y sin que lo quiera y sin que lo busque, empieza también ese camino de cada vez nuevos retos y nuevos aprendizajes, con la dificultad añadida de que no es sólo una persona, sino que para lograr nuevas metas tiene que conseguir que los dos miembros se acoplen, que haya un movimiento armónico de ambos. Y esto irá complicándose a medida que la pareja crece y decide tener hijos o compartir un proyecto con más personas, crear una empresa, …Vamos, que esto de dar por hecho que las relaciones “deberían” ir bien y las parejas “deberían” entenderse y apoyarse, es dar mucho por hecho. Es una buena meta a la que mirar, pero es necesario reconocer también que el camino no es llano y que a ratos uno pensará que solo le iría mejor  y a veces cueste recordar cómo es que decidieron caminar juntos.

Entonces la pareja crece y van atravesando nuevas fases. Por ejemplo, vamos a tomar el camino más tradicional y común, aunque por supuesto que pueden ser otras las etapas y con cada pareja habrá que matizar y ver cómo fue su historia única y personal. Una pareja inicia la relación, al tiempo comienzan a vivir juntos, pasado otro tiempo, deciden tener uno o varios hijos, los hijos son pequeños, luego van creciendo y cada etapa del niño requiere a los padres de manera diferente. Pasado ya mucho tiempo, los niños empezarán a hacer su vida fuera y un día dejarán la casa. La pareja retomará entonces la  su convivencia sólo de pareja, teniendo que atravesar también juntos otras muchas circunstancias vitales: sus padres o ellos mismos se hacen mayores, cambian su papel en la sociedad (jubilación, ….), etc.

Cuando aparece un nuevo sistema (por ejemplo, entramos a trabajar en una empresa, se forma una familia, un grupo de amigos,…), éste suele buscar cómo equilibrarse y para ello, cada persona pasa a ocupar un rol, a jugar un papel determinado. Uno puede ser el responsable, otro el distendido que relaja el ambiente, otro el  cuidador,…

Aunque evidentemente las personas somos complejas y no cumplimos sólo un papel, ocurre que con el tiempo, la rutina y la necesidad de ir tirando, tendemos cada vez más a “especializarnos” en un número de ellos. Es decir, en momentos de tensión cada uno solemos retirarnos a nuestros sitios de más seguridad, a lo que se nos da mejor y cada uno se dedica “a lo suyo. Esto puede ocurrirle a las parejas a medida que todo se va haciendo más complejo y necesitan “ir saliendo adelante”: se van asentando cada vez más los roles de cada uno y se vuelve rígido este reparto.

Por ejemplo, uno puede ser el cariñoso de la pareja y el otro el que pone los límites a los hijos. Como cada uno se siente fuerte en ese papel, va asumiendo que esa es su parte y se concentra en cumplirla. Sin embargo, debido a esa rigidez, la pareja puede ir perdiendo vitalidad y espontaneidad, y puede perder la capacidad para enfrentarse a nuevos retos. Por ejemplo, si la persona que suele ser cariñosa se pone enferma, quizá no pueda ofrecer esa parte sino que más bien necesite recibirla. O la persona que pone los límites va sintiendo que la relación con los hijos se va tensando y le gustaría poder repartir esa tarea con la pareja. O sin que haya problemas externos, van sintiendo que van perdiendo la intimidad que antes compartían y que se sienten lejos el uno del otro.  Es decir, llega un momento de crisis.

Una crisis nos habla de que la pareja está necesitando dar un cambio cualitativo, es decir su manera de funcionar que antes le servía, ahora ya no lo hace. Cada uno está pidiendo algo diferente, necesita desarrollar un papel nuevo o recuperar la vitalidad y la conexión con el otro que surge de la incertidumbre, de no tener tan establecido lo que hace cada uno. Lo difícil de estas crisis es cuando se viven como algo individual:

ya no siento lo mismo, no es la persona de la que me enamoré, yo he cambiado mucho y quiero recuperar lo que era, yo estoy bien, es él que tiene la crisis…

y cada miembro de la pareja empieza a exigir que sea el otro el que cambie o se niega rotundamente a cambiar algo de sí o no quiere que la relación cambie.

Si podemos mantener esta visión del “organismo” que está creciendo, podemos enfocar la crisis de otra manera:

¿qué es lo que ha dejado de funcionar en nuestro sistema, qué necesitamos incorporar o cambiar para poder adaptarnos a las nuevas circunstancias, este sistema puede seguir creciendo o ha llegado el momento de separarse porque no da más de sí,…?

Es decir, mirar el problema desde una visión más global, sin culparse tanto el uno al otro, sino pudiendo ver qué necesita este “ser” que es la pareja y ver qué podemos hacer por ella.

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