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La complejidad de la agresividad III

En el anterior post vimos como la agresividad puede cambiar instantáneamente la imagen que uno tiene de si mismo por otra más potente, valiosa, que haga sentirse capaz de conseguir algo o sentirse mejor que alguien, a costa de modificar también, la representación que tenemos de los demás. Nos centramos en este mecanismo desde la perspectiva del narcisismo o sentimiento que uno tiene de si mismo, pero como dijimos, la agresividad puede ser también una defensa frente al miedo, o frente a sentimientos de culpa, al modificar la imagen de quién es el asustado y quién el que asusta, o de quién es el culpable y quién el culpabilizador.

 

No sólo eso, en este último post que dedicaremos a la agresividad, hablaremos también de la que puede surgir en otras situaciones, como en las que se atenta contra nuestra autonomía. Agresividad que podemos encontrar de una manera normal en etapas de la vida como son la infancia y la adolescencia, épocas en las que habrá que lidiar con las dependencias y la cada vez mayor autonomía. Este sería un ejemplo de esas emociones relacionadas con la agresividad que pueden ser beneficiosas para el desarrollo y crecimiento personal, es decir, para ser un poco más libres, aunque siempre y cuando no dañemos seriamente a otros.

 

Cerraremos así lo que ha intentado ser una aproximación a las condiciones que pueden activar este fenómeno, viendo como se trata de una emoción que tarda poco o nada en activarse, pero que si nos paramos a analizarla podríamos dedicarle muchas líneas.

 

La AGRESIVIDAD: una defensa frente al miedo…

 

Como animales, cuando nos asustamos, podemos protegernos o atacar mediante la agresividad. Podemos asustarnos por distintos motivos, desde por un cambio en nuestro cuerpo que nos haga pensar que nuestra salud corre peligro, hasta por ver a alguien como amenazante o sentir que podemos perder a alguien o algo que consideramos que es necesario para nosotros.

 

Como decíamos en la introducción, la agresividad, puede invertir la representación de quién es el amenazado y quién el amenazante, dándonos la identidad y sentimiento de ser alguien más poderoso. Así, de una manera inconsciente, yo me puedo poner “como un burro” para sentir que soy el que ataca y no el que está siendo atacado.

 

Este mecanismo lo podemos observar cuando por ejemplo algunas personas están asustadas por distintos motivos (entrevista de trabajo, examen, revisión médica, etc.) y tratan a sus seres cercanos de una manera agresiva, pasando de sentirse en peligro por correr el riesgo de ser juzgados o evaluados, a ser ell@s los que asustan, los peligrosos, los que juzgan. También lo podemos ver en aquellos que pasan de estar asustados por ser objeto de posibles críticas de personas insatisfechas, a ser ellos mismos los que no encuentran satisfacción en nada de lo que hacen los demás.

 

En algunas personalidades o trastornos graves, podemos observar que ante un miedo o angustia que no se sabe identificar de dónde procede, y al que no se sabe ponerle nombre, construyen imaginariamente a otra persona/as en atacante/s, para sentir un mayor control, ya que así hay causa y alguien responsable del malestar y del miedo que padecen. Tienen de esta manera la posibilidad de escapar, atacar o hacer algo para no encontrarse asustados. Lo que permite salir de un estado de total indefensión, en el que no había nada que hacer para acabar con ese miedo o angustia, no había nadie a quien responsabilizar de lo que se sentía, existiendo ya alguien a quien poder responsabilizar, y frente al que poder descargar agresividad para salir aún más del estado de vulnerabilidad.

 

Por último, para acabar este apartado, dejar constancia de que cada vez que el miedo desata la agresividad, el miedo puede incrementarse, ya que puede haber entrado en juego la fantasía de peligro al poder ser dañados en respuesta a nuestro ataque (tome la forma que tome). Esto puede ocurrir tanto si no reconocemos que estamos rabiosos y de una manera defensiva pensamos que el otro es el agresivo susceptible de hacernos daño; como si de pequeños en nuestras casas la agresividad llevaba a más agresividad sin posibilidad de ser contrarrestada, y llevando a situaciones cada vez más “violentas”.

 

La AGRESIVIDAD como defensa ante sentimientos de culpabilidad

 

No hay duda de que los sentimientos de culpa pueden producir mucho sufrimiento, ya sea por pensar que no hemos hecho caso a nuestros principios o moralidad, como por temer una posible repercusión o venganza al haber cometido lo que consideramos una “infracción”. Para no sentir el dolor que produce la culpa, hay personas que caen en agresividad, que pueden dirigir hacia si mismas o hacia otras personas.

 

Puede que se caiga en una autocrítica feroz “agresiva” contra uno mismo para recuperar un sentimiento de bondad que se considera importante, o que ataquemos a otros para mostrar que son ellos los inadecuados en lo que nos estaba haciendo sentir culpables, o que otros han sido los que han provocado nuestra conducta infractora pasando a “atacarlos”, pudiendo desprendernos así de los sentimientos de culpa. En el segundo caso, se trata una vez más de cambiar nuestra propia imagen y la de los demás, pasar de considerarnos culpables a ser los que culpabilizan o los que critican por la infracción, lo que seguro que hace sentirse mejor…

 

La AGRESIVIDAD al servicio de la separación-individuación

 

La agresividad puede ser una herramienta al servicio del desarrollo personal, un arma más para lograr autonomía, condición más o menos buscada por el ser humano, pero una necesidad común para todos, saludable, como tantas otras cosas, siempre que no se vaya a extremos.

 

Este uso de la agresividad lo podríamos empezar a ver en los niños entre 2-3 años, cuando están empezando a diferenciarse tanto de sus figuras de apego como de lo que les rodea, cuando están aprendiendo a explorar por si mismos el mundo que tienen ante sus ojos, o cuando empiezan a descubrir el placer y poder que tiene el decir que no. Otra etapa vital en la que aparece esta agresividad, y en la que puede llegar a adquirir su máxima violencia, es la adolescencia. Se trata de una agresividad auto afirmativa, en el momento en que se está configurando la identidad y en que se está buscando un espacio psíquico individual y diferenciado de sus familias de origen.

 

El proceso de “separación-individuación” es necesario para el adecuado desarrollo psicológico del ser humano, pero no siempre resulta fácil para los que rodean a quien se encuentra en ese proceso. Entender dicha hostilidad y los desencuentros como resultado de una necesidad creciente de autonomía puede facilitar la tarea. Sin embargo, puede que nos asustemos ante la creciente necesidad de nuestros menores y aumentemos su control, o que no la toleremos porque consideremos que va en contra de nuestra imagen, papel, valoración, etc., cayendo sin darnos cuenta, en aumentar la tensión y la misma. Siempre resulta más fácil facilitar la tarea adoptando una postura comprensiva con quien se encuentra en este proceso.

 

Pero esta agresividad, no sólo la encontraremos durante el desarrollo del ser humano, sino que también podemos observar que se nos despierta cuando alguien nos resulta avasallante, invade nuestro espacio psíquico, impone siempre sus deseos coartando los nuestros, o cuando alguien nos impone su presencia física, restringiendo de esta manera, nuestro espacio, o impidiendo la libertad de nuestro cuerpo. Así puede que usemos la agresividad para lograr un espacio físico y psíquico, corriendo el peligro de caer en apartar violentamente a quien nos lo está impidiendo. Será cuestión una vez más de conocer lo que estamos sintiendo y modular la respuesta teniendo en cuenta a los otros.

 

CONCLUSIONES

 

Hemos visto como son muchas las condiciones o circunstancias que pueden activarnos la agresividad. En este post nos hemos centrado en lo relacionado con el miedo, la culpa y la autonomía. Seguro que habrá mucho más de lo que hemos ido nombrando y de ahí el título de esta serie de tres post remarcando la complejidad de un fenómeno que parece mucho más simple de lo que es.

 

Todos tenemos una mayor o menor tendencia a la agresividad y a las emociones que con ella están relacionadas. La aceptación de las mismas, y el conocimiento sobre qué nos las despierta, ya sean motivos biológicos o psicológicos, será fundamental para su adecuada gestión. El reto de un trabajo psicoterapéutico será también que las personas que caen en la agresividad vivan las experiencias que la provocaban de una manera diferente que no despierte dicho fenómeno, trabajando sobre sentimientos de inferioridad, vulnerabilidad, miedo, culpa, etc.

 

Y es que la agresividad, sobre todo, cuando no pierde de vista lo que puede sentir el otro, puede ser de gran utilidad. Hemos visto que durante la infancia y la adolescencia servirán para irnos diferenciando de nuestra familia de origen y otros seres significativos permitiendo ser más independientes y mejorando algunas de las cosas que no nos convencen. Todo será cuestión de modular nuestras respuestas, adquiriendo mayor conocimiento de nuestras emociones y sentimientos.

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