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LA COMPLEJIDAD DE LA AGRESIVIDAD II

En este texto vamos a seguir con el análisis del fenómeno psicológico que introdujimos en el anterior post, la agresividad, y en concreto de lo que habíamos denominado agresividad defensiva, para distinguirla de la agresividad sádica, que sería aquella en la que se obtiene un placer al ponerla en marcha.

 

Vimos como la agresividad suele ser una respuesta a un sufrimiento, ya sea físico o simbólico, interno o externo a nosotros. En el caso de que el sufrimiento sea sobre nuestro cuerpo, para apaciguar la agresividad que se nos ha podido despertar, tendremos que corregir o paliar el daño, desequilibrio, etc. que se nos haya producido.

 

Pero en caso de que la condición que nos hace sufrir y que ha activado la agresividad sea psicológica, desactivar el fenómeno, será algo más complicado si no nos damos cuenta o no entendemos el mecanismo que lo puso en marcha y que lo mantiene. Así que manos a la obra, vamos a intentar entender, de una manera resumida, qué cosas pueden hacer prender la mecha, y llevarnos a la explotar una y otra vez.

 

 

LA AGRESIVIDAD y cómo modifica la representación de uno mismo y de los demás…

             En gran parte, la agresividad puede ser una defensa frente al sufrimiento psíquico, porque consigue reestructurar la representación de uno mismo (la imagen que uno tiene de si mismo) y la de los demás. Cuando una persona tiene una fantasía o una conducta agresiva, adquiere una cierta identidad “soy poderoso y no débil, soy el que ataco y no el atacado, soy el que culpabiliza y no el culpable”.

 

Un niñ@ puede haber observado en numerosas ocasiones en su casa a unos padres, que en determinados momentos, llenos de furia, imponían su voluntad mediante el gesto, grito o castigo corporal. Puede que hubiesen pocos argumentos sobre los motivos que desencadenaban dicho estado en los padres, y que en la mente del niño quedase inscrito algo así como “mis padres están enfadados y se hace lo que ellos quieren”, lo que viene a dar el significado de que la agresividad otorga poder, hace que pueda realizar lo que yo quiero. Esta experiencia se puede ver reforzada con otra en la que cuando el niñ@ está enojad@ (protesta, llora, patalea, araña, muerde, etc.) el resultado suele ser que también consigue influir en el mundo de los adultos para realizar su deseo. De manera que la agresividad así dejaría de ser una simple descarga y adquiriría un significado al que se recurre como instrumento cada vez que se desea poseer una identidad potente, una identidad que permite dominar a otros, o asegurar que sus deseos se cumplen.

 

Mediante este cambio en la imagen que tenemos de nosotros mismos y de los demás, podremos contrarrestar sentimientos de humillación, sentimientos de culpa o sentimientos de estar en peligro o perseguidos por algo o alguien, como iremos viendo.

 

 

AGRESIVIDAD Y NARCISISMO: La agresividad como forma de aliviar un sentimiento de falta de valía…

            La persona agresiva se puede ver a sí misma como fuerte, potente, poderosa… Esto puede ser una virtud para personas que tengan dicho ideal, o ser algo valioso para determinadas situaciones en las que venga bien poseer dicha identidad. Así en algunas personas agresivas podríamos encontrar creencias del tipo “Soy fuerte, no débil”, “los demás me tienen que obedecer, no me tengo que someter a sus deseos”, etc.

 

La agresividad así adquiere un significado de valía o de potencia, y las personas, de forma más o menos consciente, pueden recurrir a la rabia u otras formas de agresividad, como si se tratase de un instrumento rápido para adquirir una representación de si mismos más poderosa: creerse capaces de dominar o asegurarse de que su deseo se va a realizar.

 

Por lo tanto, la agresividad puede ser un arma que permite a una persona salir de una condición de sufrimiento al verse así mismo como impotente, débil, incapaz de realizar sus deseos, sometido a figuras de las que depende, no valioso, etc. Permite invertir la situación, reestructurar su identidad y la de los demás. Por ejemplo, alguien que se siente injustamente tratado por un otro que no reconoce sus méritos, mediante la rabia, puede llegar a pensar que no es que él no valga sino que el otro no reconoce sus virtudes, que está siendo injusto. Pasa así a hacer de menos a esa otra persona, para que lo que está diciendo no tenga valor.

 

En el ejemplo anterior estaríamos hablando de una defensa frente a sentimientos de humillación, que suelen aparecer ante aquellos a los que le otorgamos un lugar de juez privilegiado, ya que nadie se siente ofendido por otro que no ha sido ubicado en un lugar de poder determinar nuestra valía, al ser poseedor de algo que admiramos. Aquí la rabia podría ser un intento de deshacer la posición que le tenemos otorgada a esa persona, desde la que nos ha hecho sentir inferiores o avergonzados.

 

En todo esto estaría en parte basada la agresividad desencadenada por la envidia o los celos, ya que en ambos fenómenos podemos encontrar un sentimiento de falta de algo que consideramos importante y que el otro posee o puede poseer, pudiendo caer en intentar deshacer de alguna manera esta desigualdad.

 

 

AGRESIVIDAD un instrumento para ejercer una acción sobre los demás

            La agresividad no sólo permite cambiar la imagen que uno tiene de sí (aunque sea de manera momentánea), sino que también puede ser un arma para convencer de que se tiene razón, como podemos observar en muchas situaciones. No sólo es una expresión de creerse que se tiene (aunque el sentimiento profundo sea otro), sino que puede ser un medio para tenerla, una forma de “callar” a alguien, aunque que se tenga que recurrir a ella ya puede decir mucho para alguien con buen ojo.

 

Igualmente puede ser un instrumento para conseguir lo que se desea, utilizado por alguien que ha visto a seres queridos a lo largo de su historia hacerlo, o porque en el fondo piense que no lo puede conseguir de otra manera. Será entonces una forma de condicionar la conducta de otros.

 

Quienes hayan aprendido esta manera de hacer las cosas, sin tener medios para hacer otras, puede que cuando tengan una dificultad en la vida real, en vez de buscar una solución, protesten para intentar conseguir cambios en la realidad. Puede subyacer una creencia de que “si protesto, las cosas tienen que cambiar, por el mero hecho de mi protesta”, algo que se ha ido forjando a costa de protestar y protestar y ver el efecto que tiene, pero renunciando así a cualquier otro tipo de acción quizás más productiva, y que podría enriquecer a esa persona dándole herramientas para no tener que usar este recurso.

 

Esta faceta de la agresividad es algo que se desencadena de manera casi automática, y para lo que hará falta darse cuenta, o bien por uno mismo, o porque alguien le muestre el motivo por el que recurre una y otra vez a esta manera de conseguir las cosas.

 

 

CONCLUSIONES…

           La intención de este post es la de ayudar a empezar a comprender algunas de las causas psicológicas que pueden activar la mecha de la agresividad. Y es que hay que tener en cuenta que para deshacer de manera eficaz un síntoma psicológico, como en este caso sería la agresividad, hay que trabajar sobre las condiciones que la generan, activan y perpetúan.

 

Resumiendo, este fenómeno puede ser tanto una manera de cambiar la imagen que tenemos de nosotros mismos, como un medio para conseguir lo que queremos, bien porque lo hemos conseguido así una y otra vez, o bien porque creamos que no lo podemos conseguir de otra manera.

 

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