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¡Desde que mi hij@ está mal, estamos todos fatal!

Esta es una expresión frecuente que se oye en consulta de familias que llevan ya tiempo viviendo una situación complicada, especialmente si es un adolescente el que está mal y si su problema se manifiesta con enfados y discusiones en casa. A medida que pasa el tiempo y no se va solucionando la dificultad, lo natural es que ésta vaya ocupando cada vez más espacio y la tensión aumente y aumente, distanciando a los miembros de la familia.De esta manera, al problema original se le suma la difícil convivencia y ya no es una persona la que está mal sino que todo el grupo familiar está afectado.Habrá que buscar la forma de volver a una convivencia suficientemente buena para no dejar así que el problema crezca y poder mantener la ayuda a la persona que la está necesitando

Cómo se va alterando la convivencia

Efectos en la comunicación

Una de las maneras en que empieza a enturbiarse la comunicación es que los padres empiezan a personalizar el malestar de su hij@ y lo viven como un ataque que va dirigido hacia ellos. Es decir, no viven el enfado del hij@ como resultado del malestar que él/ella tiene, que no puede manejar y que se reflejaría con cualquier persona de confianza, sino que lo viven como un ataque voluntario hacia ellos, los padres. Éstos, en su idea de defenderse, devolverán el ataque y se iniciará así una escalada en la que cada uno responde cada vez más fuerte.

Al no rebajarse las discusiones y acabar en puntos álgidos (portazos, gritos, insultos,…), se va temiendo cada vez más llegar a estas situaciones y los padres se van sintiendo incapaces de conseguir soluciones alternativas. Esto aumenta la alerta hacia su hij@ y que cada vez estén más pendientes de lo que su hij@ hace, tratando de averiguar cuándo “estallará”. Así aumentará la tensión al estar toda la atención puesta en ver señales de peligro y en mantenerse preparado para defenderse. La comunicación pasa a reducirse a lo estrictamente necesario, a lo funcional de la casa y la convivencia pasa a ser un lugar en el que apenas se habla más que cuando hay que discutir sobre algo o cuando se critican mutuamente su forma de hacer o de ser.
Cuando la relación empieza a deteriorarse esto tiene un efecto en la manera de comunicarnos con el otro y a veces es este tipo de comunicación el que hace que lleguemos a los conflictos.

Empezamos a realizar muchos más comentarios críticos que de cualquier otro tipo: “esto no se hace así, ya te dije cómo tenías que hacerlo”, “otra vez llegas tarde”,….y la interacción se convierte sólo en reproche de algo.

Cuando además hay mucho enfado, deja de haber sólo crítica a lo que el otro hace y empezamos a atacar directamente a su persona, a lo que es. Esto muchas veces lo hacemos sin percatarnos del lenguaje fuerte y despreciativo que estamos usando. Estamos tan metidos en la emoción del enfado que buscamos sólo descargarla: “anda que, quién te va a mirar a ti, si mira cómo vas”, “si no te aguanto ni yo y soy tu madre”, “un correccional es lo que necesitas”,…

Todo esto ocurre además con una sobrecarga emocional que agrava todo lo que ocurre: le damos mucha intensidad a todo, sin matizar lo que es más importante de lo que menos y agrandando las dimensiones: “como sigas así, me vas a matar un día”, “yo cuidándote y tú me maltratas así, llegando otra vez tarde”,….

¿Cómo rebajar la tensión acumulada?

Los padres, como personas cuidadoras, necesitan a su vez procurarse espacios de bienestar donde recargar la energía y la disposición a atender a sus hij@s. Cuando una persona está muy afectada emocionalmente, cuando hay “sobrecarga emocional” en sus reacciones, es importante que pueda tomar algo de espacio para distanciarse y replantearse su actuación. Sólo con cierta perspectiva una persona puede empezar a ver las cosas de otra manera y valorar alternativas. Esto puede traducirse en buscar tanto momentos para uno mismo, para poder reflexionar y estar tranquilo, como buscar momentos de disfrute o al menos de no malestar, con la pareja o con amigos, retomar actividades que han dejado,…

Una vez logrado este espacio, es necesario que el adulto se pare a ver qué aporta en la comunicación. ¿Me paso todo el día criticando o digo también cosas buenas? ¿Soy capaz de valorar cosas de mi hij@ y de decírselo? ¿Cómo es mi lenguaje? ¿Qué cosas de las que digo le molestan? Cuando me dice que algo le molesta, ¿lo tengo en cuenta y dejo de decirlo o sigo con lo mío?

Además del lenguaje, es bueno observar cómo es la sobrecarga emocional con el menor: “¿le regaño intensamente casi todos los días?”, “¿pongo en él la responsabilidad de que la familia no sea feliz?”, …Que un adulto responda al mismo nivel emocional que un adolescente es signo de que el adulto no está pudiendo contenerse y esto va a dificultar que el menor aprenda a hacerlo. Para lograr una respuesta más adecuada, es necesario que los padres logren entender algo de la situación del adolescente: qué le ocurre, por qué está enfadado. Si logro contactar con el sufrimiento y malestar del otro, es más fácil que pueda sujetarme y no viva sus enfados como un ataque.

Cuanto más conflictiva es una situación, más se necesita mantener la sintonía emocional y cuidar la manera de comunicarnos, para que quede abierta la posibilidad de hablar de lo que está ocurriendo.
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Tensión acumulada

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