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Del malestar al cambio: cómo sostener ese tiempo de incertidumbre.

Cuando alguien decide empezar un proceso terapéutico es porque ha comenzado a notar algún tipo de malestar.

A veces la persona conoce qué es lo que le produce ese malestar, pero muchas veces no es así: debería sentirme bien pero no consigo disfrutar con nada, me noto muy cansado casi todo el tiempo, o con ansiedad y no sé por qué es, me cuesta salir a la calle,…Empezar a ir a terapia consiste en empezar a poner conciencia sobre qué es lo que me está pasando: qué ocurre que me asusta y me produce ansiedad, cuánto tiempo me lleva ocurriendo, ¿es algo objetivamente ansioso o es la interpretación que yo le hago?, ¿qué hace que lo interprete así?, la manera en la que reacciono a mi ansiedad ¿me ayuda o a la larga es peor?,¿puedo probar otras maneras? etc. Sin embargo, los cambios no ocurren instantáneamente y este proceso de darse cuenta requiere también ir aprendiendo cómo acompañarse uno en el malestar mientras va apareciendo el cambio.

 

En los momentos difíciles, la mayoría querríamos tener una varita mágica o una solución instantánea que borrara los obstáculos y que nos devolviera a un estado de paz y bienestar interno. Sin embargo, tanto el placer y el disfrute, como el dolor y el malestar forman parte intrínseca del propio desarrollo. Un niño tendrá que soportar cierto dolor cuando le salen los dientes y gracias a eso luego podrá disfrutar de los nuevos recursos que los dientes le dan. Duelen los huesos cuando uno crece y en la adolescencia hay momentos difíciles de ver el cuerpo transformarse. En todas las etapas que siguen se logran cosas nuevas y se pierden otras: aparecen y se pierden trabajos, se rompen relaciones de pareja y se pierden amistades y al mismo tiempo aparecen nuevas personas y se van enriqueciendo otras relaciones. Se pierde juventud y se logra cada vez más experiencia y más conocimiento. Y todos estos cambios que pueden escribirse en pocas palabras requieren un tiempo y una capacidad de la persona para atravesar ese malestar sin perder todos sus recursos y energía. Es decir, no se trata tanto de suprimir el malestar, sino de aprender a atravesarlo. Mucho de lo que se hace en terapia es dotar a la persona de herramientas, confianza y un acompañamiento adecuado para poder cruzar y recorrer estos sentimientos.

 

Entonces, ¿no se puede no sufrir?

Querer eliminar el malestar es como querer dejar de crecer y paralizar el desarrollo. Si veo el malestar y la frustración como algo negativo, se irá convirtiendo en sufrimiento. Si por el contrario, lo puedo integrar como una parte necesaria de la vida, viviré la frustración cuando ocurra sin alimentarla con el dolor y el sufrimiento.

 

¿Cómo se pasa del malestar al sufrimiento?

Hay varias creencias que empeoran nuestro malestar y que dañan mucho nuestra capacidad de sobrellevar los momentos de crisis.

 

SI ALGO VA MAL, ES PORQUE HAY ALGO MAL EN MÍ.

Hemos crecido en una cultura que potencia mucho nuestra individualidad, que nos hace creer que somos dueños y causa de todo lo que nos ocurre. Al mismo tiempo que nos da este falso empoderamiento, nos vende el triunfo como la única meta de nuestra vida: triunfar en el trabajo, en la pareja, ser felices todo el rato, buscar continuamente algo mejor…Si unimos estas dos ideas, sale una bomba de relojería: si yo no triunfo es porque no valgo lo suficiente, si no me va bien la pareja es porque no valgo como esposo o como amante, si no soy feliz es porque soy un perdedor. Sin embargo, estas ideas son más válidas como eslóganes de publicidad, que como representativas de la vida. Claro que tenemos una parte de responsabilidad en lo que hacemos: yo escojo si ocuparme o no de mi trabajo, si me centro en hacerlo lo mejor que pueda, si busco soluciones cuando tengo una dificultad, si sigo buscando alternativas cuando no encuentro lo que necesito,…sin embargo, por mucho que haga y por muy responsable que sea conmigo misma y con mi vida, yo no puedo marcar el ritmo de todo. Puedo tener ganas de enamorarme y que no ocurra, puedo querer que mi relación de pareja siga adelante y sin embargo, no lo haga, puedo buscar trabajo con mucho ahínco y puede que no aparezca lo que yo quiero o en el tiempo que quiero, puedo querer hacerlo bien y equivocarme…Pero estamos tan impelidos a llegar a todo con éxito, que cuando no ocurre, no podemos soportarlo. Y en vez de asumir que los momentos de crisis también forman parte del ciclo de la vida y que nadie puede evitarlos, pensamos que es culpa nuestra porque así seguimos pensando que “si lo hago mejor, evitaré estos momentos”. Y esa es la trampa: pensar que podemos eliminar la frustración de nuestra vida. En vez de aprender a tolerarla y relativizarla, nos ahogamos tratando de hacer más y mejor para que desaparezca algo que forma parte del desarrollo.

 

COMO HAY ALGO MAL EN MÍ, ME VA A IR MAL SIEMPRE

La otra idea que nos hunde más en nuestro sufrimiento es que cuando nos encontramos así: con mucha culpa por nuestro malestar y con nuestra mente atrapada por el sentimiento de fracaso, no podemos imaginar un futuro diferente al  presente que estamos viviendo y damos por hecho que esto va a ser así siempre. Si en estos momentos pudiéramos darnos cuenta de que es la culpa la que nos está hundiendo, podríamos poner distancia en lo que pensamos y darnos cuenta de que toda nuestra vida está formada por ciclos, y que hemos tenido momentos de sentirnos contentos y momentos de sentirnos más frágiles y confusos. Y tanto unos como otros han pasado porque en el crecimiento constante que nos toca vivir, nada permanece igual todo el tiempo, sino que se transforma y va cambiando.

 

Cuanto más podamos aceptar y reconocer este vaivén de momentos agradables y de momentos más complicados, menos fuertes serán las sacudidas y más firmes nos sentiremos ante ellas.

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