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Benzodiacepinas: ¿amigas o enemigas?

Orfidal, lorazepam, Valium, diazepam, Trankimazín, Tranxilium, Lexatin, Noctamid… todos ellos y muchos otros, son fármacos de la familia de las benzodiacepinas.

 

El empleo de este tipo de psicofármacos, está indicado en el tratamiento de los trastornos de ansiedad, el síndrome ansioso-depresivo, algunos trastornos del sueño, el trastorno por estrés postraumático, el trastorno de pánico, la reacción aguda de estrés, el síndrome de abstinencia durante el tratamiento de adicciones, la ansiedad asociada a patologías orgánicas, las crisis convulsivas… Este amplio espectro de indicaciones, unido a la rapidez de su efecto terapéutico, su eficacia y a su perfil de efectos secundarios generalmente favorable, da lugar a que su uso esté ampliamente extendido en los países desarrollados.

 

A nivel cerebral, la acción ansiolítica de las benzodiacepinas se basa en que potencian la actividad inhibitoria del neurotransmisor GABA, es decir, tienen una acción depresora del sistema nervioso central a ciertos niveles como el hipocampo, el septo y la amígdala. Como hipnóticos, las benzodiacepinas actúan alterando la arquitectura del sueño fisiológico no-REM, dando lugar a la ausencia de etapas 3 y 4, disminución de la etapa 1 y aumento significativo de la etapa 2.

 

Los problemas de salud mental o física para los que se emplea el tratamiento con benzodiacepinas, con cierta frecuencia son procesos largos, de varios meses o años y que pueden llegar a cronificarse. Sin embargo, en las guías clínicas y fichas técnicas de estos medicamentos se señala que la duración máxima de tratamiento, con carácter general no debe superar las 8-12 semanas para la ansiedad (incluyendo el período de retirada gradual) o las 2-4 semanas en el tratamiento del insomnio. Esto contrasta con el hecho de que un elevado número de personas se encuentran en tratamientos de larga duración con benzodiacepinas.  Por este motivo, la seguridad del tratamiento a largo plazo con benzodiacepinas ha sido motivo de preocupación en las últimas décadas.

 

En tratamientos de corta duración, las benzodiacepinas son en general seguras, rápidas y eficaces. Sin embargo, administradas en períodos de larga duración pueden aumentar la frecuencia y la gravedad de toxicidad (por ejemplo alteraciones psicomotoras o trastornos cognitivos)  y de parecer problemas de tolerancia, dependencia, abuso y síndrome de abstinencia.

 

  • Tolerancia: se produce cuando una persona toma de manera continuada estos fármacos y su organismo se habitúa, de forma que para conseguir el mismo efecto que al inicio, es necesario aumentar la dosis progresivamente.

 

  • Dependencia: puede ser física o psicológica. La primera se refiere a que con el uso mantenido de la benzodiacepina, el cuerpo se adapta de tal forma que necesita la presencia del fármaco para funcionar con normalidad. La dependencia psicológica consiste en la necesidad de la persona de consumir el fármaco para experimentar el efecto placentero o bien eliminar el malestar que produce no tomar la medicación.

 

  • Abuso: se trata del empleo de medicamentos o bien sin receta médica, bien de forma diferente a la prescrita por el médico o para conseguir experiencias o sensaciones determinadas.

 

  • Síndrome de abstinencia: cuadro de alteraciones físicas y psicológicas que presenta una persona cuando abandona de forma brusca el consumo de una sustancia a la que está habituada o es adicta. Se da en el 30% de los pacientes después de solo 8 semanas de tratamiento.

 

Según algunos autores, el abuso de las benzodiazepinas es un problema silente. Algunas de estas personas, cuando van al médico y se les pregunta por las medicaciones que toman, no comentan el uso de este tipo de fármacos, bien porque no los consideran como tal, bien por temor a que se les recomiende la retirada de los mismos. Muchos de ellos no han recibido información acerca de los problemas de toxicidad y dependencia en el uso a largo plazo.

 

La retirada de benzodiacepinas se debe realizar de manera gradual, si es posible aportando por escrito la pauta de descenso y en caso de ser necesario, valorando otras alternativas como el tratamiento psicológico y/u otras opciones farmacológicas.  Si durante el proceso aparecen síntomas de abstinencia o retirada, se puede mantener la dosis unas semanas más hasta que desaparezcan los síntomas antes de continuar el descenso. Es mejor realizar la retirada de forma excesivamente lenta que hacerlo demasiado rápido.

 

Existen diversos factores que favorecen el mantenimiento del tratamiento. Uno que es fundamental es la negativa a la retirada por parte el paciente. Otros son la escasez de tiempo en la consulta y las dificultades para manejar la retirada.

 

Tenemos que tener en cuenta que nadie duerme bien todos los días y que la ansiedad forma parte de la vida y nos ayuda a adaptarnos a diversas situaciones y no hay que “eliminarla” por completo. Por eso si te encuentras en esta situación, tomando benzodiacepinas desde hace meses o años aunque sea en pequeñas dosis, es recomendable que consultes con tu médico de cabecera o con un psiquiatra, que valore si te encuentras en una situación adecuada para iniciar la retirada de las benzodiacepinas y pueda ofrecerte las alternativas comentadas en caso de ser necesario. ¡A por ello!

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