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Ansiedad y miedo ante los cambios

La permanencia de las cosas es sólo un deseo del miedo.

¡La vida es puro y constante movimiento!

 

Trastorno adaptativo ansioso-depresivo

La necesidad de pasar por un periodo de adaptación de semanas o meses tras experimentar un cambio en la vida es un hecho. Sufrir síntomas de estrés o ansiedad refleja las sensaciones de miedo frente a los cambios que son activadas por los sistemas de alarma de los que dispone nuestro cerebro reptiliano.

Todo cambio significativo en la vida de una persona implica una desregulación, una pérdida del equilibrio temporal. Normalmente se establecen hasta tres meses como el tiempo promedio necesario para la asimilación de los cambios y por tanto para alcanzar de nuevo el equilibrio, o lo que es lo mismo, para adaptarse.

¡Ojo! A partir de este tiempo se empieza a considerar que existe una dificultad de carácter clínico por la presencia de síntomas de ansiedad o depresión de carácter leve que dilatan en el tiempo la capacidad de reorganización de la persona. Digamos que la persona no consigue asimilar los cambios sin ayuda externa.

En ningún caso se incluye en el trastorno adaptativo los síntomas propios del duelo, que obviamente adquieren un grado mayor tanto en intensidad como en tiempo.

La búsqueda de la permanencia, el origen del miedo

Lo que nos da estructura en los inicios de la vida son las rutinas, las repeticiones, la permanencia de las cosas y de las personas que nos rodean, las similitudes, el orden que se establece para asimilar los primeros conceptos y significados que en esencia organizan la mente.

De hecho si hay algo que debe priorizarse en los primeros años es precisamente el mantenimiento de unos mínimos en la vida de todo infante que permita no sólo el desarrollo de una estructura mental organizada sino el inicio de lo que con el tiempo podrá asentarse como la identidad y la personalidad, básicamente el desarrollo del sí mismo.

De la rigidez de los primeros años se espera que se abra paso a la flexibilidad y la asimilación de los cambios al tiempo que se van experimentando durante la etapa infantil, sobre la base segura que se creó acerca de un mundo conocido y cargado de certidumbre. Sin embargo, no siempre se consigue, lo que dará lugar al inicio de una búsqueda incesante de seguridad y, por tanto, de resistencia al cambio.

Y es que a pesar de que la vida como concepto es un constante fluir de cambios y transformaciones, mantenemos la ilusión de alcanzar lo estable, lo inamovible, lo permanente, lo seguro, en un intento por generar una organización vital que garantice salvaguardar el equilibrio a todos los niveles.

Y así es como el empeño por mantener el orden de las cosas o las cosas en cierto orden pone en jaque la extraordinaria capacidad de adaptación y flexibilidad que posee el ser humano para transformarse en cada momento de su existencia.

Apareciendo en muchas ocasiones el miedo al cambio, la ansiedad en forma de pánico frente a situaciones que definimos como “estresores vitales”, ya sea un cambio de vivienda, una separación, una pérdida de empleo, un cambio profesional, un traslado de país, una nueva pareja, en fin, cualquier situación que desborde a la persona que siente cómo se tambalea lo que hasta ahora identificaba como elementos claves (e inamovibles) de su vida.

Y es desde esta seguridad percibida en lo estático el lugar donde nos descompensamos. Algo aparece en nuestras vidas que nos coloca en un papel activo para enfrentarnos al cambio, no siempre deseado ni aceptado, pero sí inevitable.

Obviamente que los sistemas de alerta activan el sistema parasimpático y nos convertimos en derrochadores de cortisol en un primer momento. No obstante, serán los significados que atribuyamos junto con las narrativas que construyamos acerca de lo que está asomando como nuevo en nuestra historia, lo que permita el retorno a la regulación fisiológica o, por el contrario, a la confirmación de un estado de pánico que inhiba las capacidades de reacción, aceptación y puesta en marcha hacia la acción.

La reacción de miedo frente a un cambio genera los primeros atisbos de la ansiedad flotante que se experimenta, no sólo en forma de síntomas físicos sino también a través de ideas recurrentes sobre preocupaciones acerca del futuro, de incertidumbre, de la pena por la pérdida de lo anterior, en definitiva, el miedo da paso a un cerebro que en estado de pánico nos convierte en auténticas máquinas de generar posibles peligros.

 

¿Qué nos decimos acerca del cambio? ¿Cuánto hay de miedo y cuanto de confianza en lo que está por venir? ¿Qué parte de nuestra psique se pone en jaque ante la pérdida de equilibrio y de control? ¿Cuánta conciencia tenemos acerca de lo que se tambalea en nosotros según qué parte de nuestra vida cambie?

 

Sin lugar a dudas la aparición de síntomas neuróticos pone en evidencia la resistencia al cambio, que más allá del miedo manifiesta una tendencia a quedarse atrapado en lo conocido, sea mejor o peor, funcional o disfuncional, satisfactorio o no, una resistencia a experimentar ciclos vitales transformadores, a despedirse de etapas previas, a elaborar duelos, a asumir el cambio como un visado necesario para el crecimiento personal.

Los cambios no son ni buenos ni malos en sí mismos, sencillamente SON. La interpretación que cada cual elabore de ellos será clave en el proceso de asimilación, así como las expectativas que se generen en torno al cambio junto con las tendencias personales que cada cual arrastre consigo mismo en su historia vital.

La vida es cambio en estado puro, transformación, crecimiento, pérdidas, ganancias. Aprender a elaborarlos es clave para el mantenimiento de una vida afectiva saludable y plena.

 

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