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Alimentación Emocional

¿Alguna vez has comido dulces después de un mal día en el trabajo?, ¿Cuántas veces has engullido grandes cantidades de comida basura solo por sentirte solo o aburrido? o la muy recurrente imagen de las películas: ¿En algún momento de tu vida has llegado a devorar litros de helado directamente del envase después de una ruptura sentimental? Bien, pues en eso consiste la alimentación emocional, en tomar alimentos por razones distintas a síntomas físicos como el hambre, guiados únicamente por un estado de “desesperación” emocional. ¿Os suena?

Lo cierto es que los desencadenantes emocionales que pueden conducirnos a este tipo de alimentación, cambian de unas personas a otras, pero las emociones más frecuentes son rabia, ansiedad, baja autoestima, desesperanza, aburrimiento, frustración, soledad y también la felicidad. El tipo de alimentos que suelen seleccionarse para calmar este “hambre emocional”, según varios estudios, suelen ser calóricos, con alto contenido en azúcares y grasas y con poca frecuencia se optan por las frutas y verduras. Y claro, si nos imaginamos por ejemplo a Bridget Jones sustituyendo su famoso helado por una lechuga en pleno drama sentimental, es posible que nos dé la sensación de que mucho no le va a ayudar.

A nivel neurobiológico, múltiples estudios han aportado evidencias de que los mecanismos cerebrales que participan en las adicciones a sustancias, están relacionados con esta forma “emotiva” de comer. De forma muy simplificada, podemos decir que el estrés activa nuestro eje hipotálamo hipofiso adrenal dando como resultado niveles elevados de una hormona llamada cortisol y esta a su vez desencadena una gran apetencia por comidas saladas, dulces y fritas. Tanto las situaciones de estrés como la ingesta de comida sabrosa pueden estimular la liberación de opioides endógenos, que actúan atenuando nuestra respuesta al estrés y produciendo sensación de bienestar. La estimulación repetida de estos circuitos de recompensa a través del estrés o la comida pueden producir adaptaciones neurobiológicas que favorecen una forma compulsiva de comer.

Emplear este tipo de “recompensas” no tiene nada de malo cuando se realiza de manera ocasional. El problema aparece cuando comer se convierte en el principal mecanismo de afrontamiento de los estados emocionales negativos para alguien, ya que esto puede llevarle a estancarse en un círculo vicioso que solo consigue evitar el problema de origen, “anestesiando” el malestar que siente con comida.

Es cierto que la comida puede ayudar a alguien a sentirse mejor, pero este efecto es solo pasajero, ya que el problema que origina el malestar psíquico no se ha solucionado y en poco tiempo, las emociones negativas suelen volver, agravadas además por  una sensación de culpa por haber ingerido “alimentos prohibidos” y estar cuidando mal de uno mismo. Esta situación de frustración incrementada que se ha generado, puede desencadenar una nueva ingesta descontrolada, reforzando el ciclo.

Algunos autores, recalcan que el exceso de peso y la alimentación descontrolada son síntomas que enmascaran preocupaciones más profundas y por tanto, aunque logremos modificarlos, si no trabajamos las razones de fondo, continuaremos sintiéndonos frustrados. Este es el motivo de que con frecuencia, los regímenes de adelgazamiento y los programas de control de comida y peso no funcionen, ya que se basan en modificar el síntoma, lo “superficial” y no el origen. En intervenciones como la cirugía de la obesidad o bariátrica, es especialmente importante este trabajo previo de autoconocimiento, ya que el mantenimiento o la recaída en malos hábitos alimentarios, puede ser nefasta.

La identificación de los desencadenantes emocionales que conducen a la ingesta descontrolada y el aprendizaje de nuevas formas de manejo de los estados emocionales negativos son claves a la hora de abordar este problema. Muchas personas pueden requerir embarcarse en un proceso psicoterapéutico para explorar el origen y las fortalezas de que dispone y en determinadas ocasiones, el apoyo farmacológico también puede ayudar.

Y vuestra hambre… ¿es emocional?  ¡A pensar!

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